El poeta escocés James Thomson (1834-1882) escribió en la época victoriana, cuando la ciencia y el materialismo cuestionaban el lugar del hombre en el universo; muchas obras de este periodo manifiestan un ánimo pesimista, víctima de la desilusión. The City of Dreadful Night, La ciudad de la espantosa noche, es un largo poema —hasta ahora inédito en español— reconocido por su potencia estética y filosófica; se trata de una de las obras que mejor expresa el nihilismo y la melancolía modernas, mediante imágenes que parecen surgidas de la alucinación y de lugares y seres contemplados en una pesadilla. El texto suscitó, ya en el momento de su publicación, la admiración de artistas como Swinburne, Rossetti, Philip Bourke Marston, Longfellow y Emerson.
Aunque toda obra de arte es hija de su tiempo, es obvio que estos rasgos anímicos no son exclusivamente victorianos. Existen en la obra de Sófocles tanto como en la de Manuel Álvarez Ortega; existen en el Eclesiastés; la figura que rige La ciudad es la Melancolía I de Durero.
La melancolía es, en efecto, una experiencia que trasciende tiempos y fronteras; pocos autores la han representado igual que Thomson, con sus imágenes de fulgor negro, la soledad desesperada en el populoso entorno urbano, la figura del hombre degradado, casi un animal que va buscando el camino hacia su propio nacimiento para no volver jamás al mundo; la severidad teológica de la condenación, a la que los más desesperados ni siquiera pueden acceder; las misas negras que incitan a abandonar la vida y declaran que el universo es un mecanismo indiferente; la casa maldita en la que todas las habitaciones tienen la imagen de la amada, alma encerrada en los oratorios de la negación; la aparición de una mujer espectral con una lámpara en la mano, roja como el corazón, que divide al hombre de sí mismo: imágenes indelebles que identifica como propias todo aquel que ha conocido a esta reina severa, a esta madre de la desesperación.





